Probablemente no. Lo que sí va a matar, y ya empezó a hacerlo, es el estilo de vida que conocemos: la forma de trabajar, la cantidad de personas que hacen falta para producir el mismo resultado y las profesiones tal como las entendemos hoy. Mi posición es incómoda pero la sostengo: en la próxima década las profesiones que conocemos van a desaparecer o a quedar en un mínimo histórico, y lo único que puede demorarlo no es la capacidad de la máquina sino la lentitud de las instituciones que todavía exigen una firma.
Cuatro años
Conviene mirar el calendario antes de discutir el futuro. En 2020 el mundo estaba encerrado por una pandemia, viviendo algo que nadie había vivido. A fines de 2022 apareció la inteligencia artificial para el público masivo: un asistente rápido que autocompletaba texto, respondía preguntas y cometía errores infantiles. No reemplazaba a nadie ni automatizaba nada. En septiembre de 2026 hay robots humanoides en fábricas, clones de personas en video y voz indistinguibles del original, un modelo que opera una computadora solo, llena formularios y gestiona sistemas, presentado por su propia empresa como el comienzo de la era de la inteligencia artificial general, y un proyecto de ley en Argentina para que una sociedad comercial funcione sin empleados. Cuatro años. Cada tanto vuelve la pregunta apocalíptica sobre si la IA nos va a exterminar, y es una discusión legítima, pero funciona como cortina de humo: mientras debatimos si una máquina podría decidir eliminarnos, nadie mira lo que está pasando en la oficina de al lado, donde el reemplazo ya no es una hipótesis sino una rutina.
La discusión equivocada
El debate profesional gira alrededor de una idea tranquilizadora: la IA nunca podrá reemplazar el criterio de un abogado, de un contador, de un médico. Puede que sea cierto. Pero esa no es la discusión real. La pregunta relevante no es si la máquina puede tener criterio, sino si el profesional lo sigue ejerciendo.
Los tribunales están respondiendo esa pregunta por nosotros. En febrero de 2026, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias multó a un abogado que presentó un recurso de apelación con 48 citas de jurisprudencia inexistentes, generadas por una herramienta de IA que nunca verificó. Ese mismo mes, la Corte Suprema de Colombia sancionó por primera vez a un letrado con quince salarios mínimos por fundar un recurso de revisión en diez sentencias que no existen. En julio, el Tribunal Superior de Galicia multó a un abogado de A Coruña por 24 citas falsas o manipuladas. En Estados Unidos, una base de datos internacional que sigue estos episodios ya supera los 1.600 casos de escritos con jurisprudencia inventada, siete veces más que un año antes, y alcanzó a estudios de primer nivel y a tribunales de apelación con multas de 30.000 dólares.
Ninguno de esos abogados fue reemplazado por la IA. Se reemplazaron a sí mismos. Delegaron el análisis, la investigación y la redacción, y renunciaron a lo único que justificaba su intervención: leer, verificar y decidir. Lo que quedó fue una firma al pie de un documento que no escribieron ni entendieron.
La pregunta incómoda
Si el abogado ya usa IA para analizar el caso, buscar jurisprudencia y redactar el escrito, ¿qué aporta todavía al proceso? Si la respuesta es “copio, pego y firmo”, la respuesta honesta es que no aporta nada, y en ese escenario la automatización total no es una amenaza sino una consecuencia lógica. El mercado no paga por intermediarios que no agregan valor.
Lo mismo vale para el resto de las profesiones. ¿Alguien cree seriamente que dentro de diez años un contador va a seguir armando balances a mano, revisando documentación física que un sistema procesa en minutos con menos errores? ¿Que un despacho va a necesitar cinco juniors para hacer lo que uno con las herramientas correctas resuelve en una tarde? ¿Que el modelo que hoy opera una computadora solo no va a operar la del estudio?
Lo que la sanción revela
Los casos de citas falsas suelen leerse como una advertencia contra la IA. Es la lectura equivocada. Lo que muestran es dónde está el verdadero valor profesional y dónde no está. El valor no estaba en redactar el recurso: una máquina lo hizo. No estaba en encontrar jurisprudencia: una máquina la buscó. El valor estaba en el paso que el abogado se saltó: confirmar que esas sentencias existían, entender qué decían y decidir si servían a su cliente.
Ese paso es criterio. Y el criterio no desaparece porque exista la IA. Desaparece cuando el profesional deja de ejercerlo. Pero hay algo más que los tribunales dejaron claro sin decirlo: no sancionaron a la herramienta, sancionaron a la persona. Nadie firma por la máquina, nadie responde por ella ante un cliente ni ante un juez. El valor profesional no es solo verificar: es responder. Y responder es, hoy, lo único que ninguna máquina puede hacer por nosotros.
El futuro que sí llega
La IA no va a eliminar mañana a los abogados, a los contadores ni a los médicos. Va a eliminar la parte de esas profesiones que consistía en producir documentos, y va a reducir la cantidad de profesionales necesarios para atender el mismo volumen de trabajo hasta niveles que hoy parecen inverosímiles. Cuando algo se vuelve diez veces más barato se consume más, y parte de ese trabajo nuevo va a necesitar a alguien que responda: eso frena la caída, no la compensa. Lo que queda no es menos importante, es más: interpretar, asumir responsabilidad, responder ante un cliente y ante un tribunal.
Un estudio que hoy factura horas de redacción va a tener que aprender a facturar decisiones. Un profesional que se define por su capacidad de producir texto va a competir con algo que produce texto mejor, más rápido y sin cansarse. El que se define por su capacidad de juzgar y responder va a tener trabajo, con muchísima menos gente alrededor. Eso vale mientras el criterio y la responsabilidad sean lo único que la máquina no puede producir. Sobre qué pasa cuando el criterio también se pueda copiar, y cuando la ley empiece a permitir empresas sin humanos, trata la segunda parte.
Entonces la pregunta no es si la IA nos va a matar. Es otra, más incómoda: cuando el sistema ya hace el 80% de nuestro trabajo, ¿sabemos explicar en qué consiste el 20% restante, o hace tiempo que también lo dejamos de hacer?



